Tres de septiembre del presente. Saliendo de un jardín de flores coloridas revoltosas, se va entre moribunda y pensativa. Tiene que hacer la hora, tiene que hacer hora y media. No se le ocurrió idea mejor que pasear en metro. Mirando por la ventana la diversidad del paisaje subterráneo del gran Santiago: el fondo negro y el fondo negro, y la pequeña lucecita blanca. Sólo mira la lucecita que se repite más de diez veces en cada estación. Llega a Quinta normal. Mira la hora, le queda una hora para llegar a su cita profesional.
En las manos, "La tregua" de Benedetti. Página 12. Santomé recordando a Isabel. En las orejas, "Quien fuera" de Silvio Rodriguez. En los ojos, un vagón que dejaba entrar y salir humanos disfrazados de máquinas programados para no desviarse del camino. A su lado una pareja románticamente apasionada.
Le queda media hora de espera. En las manos, con mismo libro. Página 42. Santomé seduce a Avellaneda. En los oídos, "Eu te devoro" de Djavan. En los ojos, nada concretamente. Al lado, la misma parejita apasionada, involucrados en un mundo sólo de ellos. Y en su mente, una caótica sesión en su imaginario y recuerdos que, dentro de ese contexto, hacían un nudo en la garganta y aceleraban el músculo vital.
Mira nuevamente el reloj. A quince minutos de su reunión. Se para. Suspira. Y tan fugaz como llegó, olvida aquella hora, subiéndose al vagón.

En las manos, "La tregua" de Benedetti. Página 12. Santomé recordando a Isabel. En las orejas, "Quien fuera" de Silvio Rodriguez. En los ojos, un vagón que dejaba entrar y salir humanos disfrazados de máquinas programados para no desviarse del camino. A su lado una pareja románticamente apasionada.
Le queda media hora de espera. En las manos, con mismo libro. Página 42. Santomé seduce a Avellaneda. En los oídos, "Eu te devoro" de Djavan. En los ojos, nada concretamente. Al lado, la misma parejita apasionada, involucrados en un mundo sólo de ellos. Y en su mente, una caótica sesión en su imaginario y recuerdos que, dentro de ese contexto, hacían un nudo en la garganta y aceleraban el músculo vital.
Mira nuevamente el reloj. A quince minutos de su reunión. Se para. Suspira. Y tan fugaz como llegó, olvida aquella hora, subiéndose al vagón.


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