Mi contexto y ambición me exigían que trabajara. Conseguí una entrevista. Me presenté. De entrevista no tenía mucho. Leí el contrato. Mil quinientas ochenta y dos páginas, de las cuales sólo leí el sueldo y firmé. Me mentalicé a que necesitaba la plata. En realidad nunca tuve la verdadera necesidad.
Odié el trabajo. Odié a mis compañeros y jefes. Odiaba a los clientes. Odiaba mi horario. Odiaba mi uniforme. Me odiaba. Quería salir cuanto antes de ahí.
Un martes, llegando tarde como siempre, me encuentro un par de ojos verdes escondidos detrás de unos lentes. La sensación no la recuerdo, pero fue agradable; recuerdo mi sonrisa tonta cuando le dije: "Hola".
Quién es. Será nuevo. Cómo se llama. Cómo no le vi el nombre. Demasiadas interrogantes impacientes a ser contestadas sólo por un par de ojos encantadores.
Me mandaron a almorzar. Pregunté si iba a ir sola, era triste cuando tenía que ir sola. "No, vas con Carita Bonita". "¿Ah?" Era un misterio que de pronto se convirtió en certeza.
Primera vez que lo veía, sólo sabía su nombre y ya estábamos compartiendo almuerzo. Demasiado veloz para mi gusto.
No habían palabras que salieran de mi boca y a la vez muchas preguntas. Sólo seguía la sonrisa tonta, con los ojos pendientes a los suyos y los oídos captando cada palabra que decía. Tenía prácticamente drogados todos mis sentidos con esa carita bonita.
Fueron los mejores treinta minutos del día. Entre risas e información me tenía completamente encantada ese párvulo. Era menor que yo.
"Las Injusticias son una parte mala de la vida, pero las sonrisas fueron hechas para suavizarlas. Cambia la cara de Poto." Y así comencé el coqueteo. Le guardé ese papel en su bolsillo y logré sacarle una sonrisa y un abrazo. Ya estaba absolutamente entregada a ese muchacho. Me tenía babosa.
Admito que mi única motivación de trabajar era esa carita bonita. Mi sueldo ya había pasado a segundo plano.
Era un niño. Sabía poco y nada de su vida, pero seguía drogándome con su carita. Llegué a soñar con él. Convirtió en fantasmas a unos cuantos. Me encanta(ba).
Se acabó el contrato. Me convertí en cesante y él me encantaba mucho más.
Un día el diálogo fue simple: "Oye, me gustas". "¿Qué?". "Sí. No sé nada de ti, pero me encantas". "A mí me gusta otra niña, lo siento". "Ok. Está bien. Chao". Nunca había hecho eso mirando a alguien a los ojos. Pequeña canción desesperada.
Sí, lloré. Pero no fue tormentoso y no me sentí más mal que otra veces.
Luego de un tiempo, estábamos en una junta de trabajo y nos acompañaban las risas y música fiestera. Un sillón. Conversación. "Tengo frío" (nunca falla). Sonando una carita bonita. Mariposas en el estomago. Y ya tú sabes el resto.
Al otro día me había convertido en una jaula de mariposas. Vivieron en mi estómago por dos semanas. Luego vino el adiós. Demasiado bueno para mi suerte amorosa.
Entre llamadas telefónicas y psicopatías, las mariposas se fueron suicidando. Tú con otra y yo aguantando la matanza de las mariposas.
Cambió tu contexto y por supuesto que cambió el mío. Ya eres parte de mi pasado. Te recuerdo con cariño, lo admito. Ahora me siento fuerte. Fuiste parte de mi entrenamiento. Pero no niego que cuando sé de ti, los ojos me brillan y a veces siento larvas en mi cuerpo.
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1 comentario:
tu tema desconcentra mi lectura..
jajajajajaj
pero igual es gracioso.
oye..
tienes para hacer un libro increible en esa cabecita..
cuidate, disfruta tus vacaciones volviendo a tu yo jugoso..
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