Había una vez una florcita. Era una tanto especial y estaba en un estante de la florería de la cuidad, esperando (esperanzada) que alguien la sacará de ese lugar.
Un día, sonó la campanilla de la puerta de la florería. Un joven no muy guapo, no muy bueno, con aspecto de engreído y soberbio.
Este ser humano compró la florcita. No por ser la más linda ni llamativa de la tienda, pero raramente la compró.
La pisoteó. Le arrancó cada uno de sus pétalos con una crudeza inexplicable. Pero, aún así, la florcita se mantenía estable, quizás un tanto recaída y sensible, por el maltrato constante que recibía, pero estable.
Se recuperó totalmente. Supo sobreponerse y volvió a la florería.
La florcita se preocupó de estar presentable, limpia y que, su color naranjo particular, brillará y se destacará del resto de sus compañeras, para ver si existía la posibilidad de que alguien la comprará.
En otoño, todas las mañanas aparecía por la tienda, un niño que se llevaba uno o dos flores todos los días. Siempre elegía las flores por color. Un día se llevaba una rosa roja y otra blanca. Otro día elegía un girasol y un clavel verde limón.
El niño nunca se dio cuenta de que existía está florcita anaranjada, la florcita podía brillar encima de sus ojos, pero él siempre elegía a la que estaba a su lado.
La florcita, antes de que llegará el niño a buscar las flores, buscaba el lugar perfecto para aprovechar lo últimos rayos del sol de la temporada y así poder brillar con una intensidad (la necesaria para que el niño se fijará que existía) o el sitio ideal para aprovechar el agua y crecer. Crecer y destacarse.
Durante muchas mañanas, la florcita torpemente, se infiltraba en los pequeños ramos que compraba el niño. La florcita siempre pensó que el niño no se daba cuenta de que ella se escondía en los ramos, pero cómo regresaba todos los días a la tienda. Ella sabía la hora en que llegaba. Qué gustos en colores y texturas tenía de las flores. Todo.
Aún así, el niño nunca la quiso comprar. Siempre le fue indiferente. Nunca estuvo en sus planes comprarla, pero ella nunca lo supo o nunca quiso aceptarlo.
Luego de cierto tiempo, el niño dejó de ir a la florería. La florcita triste y con un millón de preguntas con miles de respuestas cada una.
La florcita no era la más linda de la florería, pero tenía un color que la caracterizaba de las demás.
Paso el tiempo y a la florcita la cambiaron de macetero. Este estaba en tres estantes más lejano de donde la florcita estaba ubicada.
No se acostumbraba a su nuevo macetero, ni menos al estante.
Interactuó con sus compañeras, eran muy distintas todas. Había desde jazmines, calas y margaritas, hasta pasto y maleza.
Había una malecita muy especial. La hizo sentir acogida ¿o ella lo interpretó así?, fue agradable y cariñosa. La florcita y la maleza se transformaron en amigos, muy buenos amigos.
Pero esta florcita, tontamente, interpretó distinto las buenas acciones y preocupaciones de la maleza. Y paso lo que no tenía que pasar.
Mantuvo en secreto su “cariño especial” hacía la maleza. No quería que nadie se diera cuenta de lo tonta que fue.
Con el tiempo, la florcita vivió cosas terribles. Cosas que le afectaban directamente. Pero ella siempre firme, fuerte, aunque con un dolor peculiar (como si las abejas le sacar el polem brutalmente) que no podía expresar, porque no quería evidenciar lo que realmente era obvio e indiscutible.
La florcita comenzó a marchitarse. Se estaba secando. Se le caían los pétalos sin rastro de su pigmento característico. Perdía el color y su esencia.
No aguantó más. Y contó lo que había guardado todo este tiempo. La florcita necesitaba cambiarse de macetero lo antes posible.
Ella sigue firme y con la cabeza en alto.
Hoy la florcita sigue en la florería de siempre. Con agua, rayos de sol. Fotosíntesis de siempre. Viva. Esperando con resignación y esperanza (nunca la perdió) que algún día, llegue el comprador que se la lleve, la deje en su propio y único macetero y la riegue todos los días de su vida.

1 comentario:
El poder de la palabra(escrita, está comprobado que la hablada es una mierda) hueón...
Linda historia, no sé porque será que me resultó tan familiar...
Ojalá tenga final feliz. Me angustió el final, pero aún asi, vi atisbos de esperanza.
Te quiero Flor esperanza.
Publicar un comentario